Paisajes del oasis de Siwa enmarcados por una ventana de barro, Egipto

¿Se puede viajar de forma económica y a la vez ser sostenible?

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La sostenibilidad está de moda y nada ni nadie se libra. Nos encanta adjetivar todo tipo de cosas y acciones de nuestra vida: alimentación sostenible, cosmética sostenible, moda sostenible, decoración sostenible, y cómo no, viajes sostenibles.

Pero cuando piensas en este término, ¿qué es lo primero que te viene a la cabeza? ¿Un safari de lujo en Kenia con jeeps eléctricos y tipis hechos de materiales locales y orgánicos? ¿Una cabaña ecológica en un bosque perdido en medio de Suecia? ¿Un trekking “no intrusivo” para visitar orangutanes en las selvas de Sumatra?

No sé a ti pero, a parte de muchos ceros en el banco, pienso en un concepto mal ejecutado de exclusividad innecesaria y opulencia libre de culpa; y no me gusta.

Por mi parte, creo que viajar de forma sostenible es más una cuestión de comportamiento y sentido común que de poder económico. Al fin y al cabo, por definición, ser sostenible es satisfacer las necesidades actuales sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer las suyas.

Evitar el sobreturismo visitando lugares —o zonas— menos concurridas, consumir productos y sabores propios del país, huir de la picaresca de los mini imperios de AirBnb, hospedarse en albergues y hostales locales, apoyar negocios regentados por mujeres, intentar no generar basura o residuos innecesarios, optar por el transporte local en lugar del privado, evitar geoetiquetar lugares concretos, viajar menos pero durante más tiempo… Un elenco de opciones lúcidas y sensatas que son de todos menos elitistas y, lo mejor, aptas para los bolsillos de todas aquellas personas adueñadas de la imperiosa curiosidad de conocer mundo.

Más allá de estas acciones numerables y tangibles, también añadiría que la conexión con el destino es fundamental. Cuando apreciamos a otras comunidades y a sus gentes, y sentimos esa auténtica necesidad de conocer culturas que nada tienen que ver con la nuestra, lo que menos deseamos es que se queden en situación de déficit y condena por culpa de una mala toma —o falta— de decisiones.

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