El Himalaya es a Asia lo que la columna vertebral es al cuerpo humano.
Y Ladakh y Zanskar se han convertido en mis vértebras innegociables.
En estos territorios, aunque los pueblos estén separados por kilómetros, la vida circula con naturalidad entre ellos. Los gestos, los encuentros y las prácticas cotidianas remiten a algo compartido. Esa continuidad se impone incluso antes que el paisaje.
Por eso las imágenes no aparecen aisladas. Se rozan, se tocan, se contemplan y se completan. Un horizonte continúa en otro, una mirada responde a la anterior, porque cada fragmento necesita de la compañía de otros para desplegarse del todo. Igual que en la columna: si una vértebra se desplaza, todo el cuerpo lo acusa, porque nada avanza en solitario.
El trazo que recorría la sala apenas sugería un rumbo obligatorio. No dividía ni fragmentaba; solo recordaba que todo el tejido de su fascinante sociedad forma parte de una misma entidad, aunque cambien la forma, la distancia o el propio sentir.
Aquí, la cohesión no depende de grandes gestos, sino de hábitos que han operado durante siglos y se filtran en las maneras de hablar, esperar, resolver y ser. Son discretos, pero eficaces. Y mientras perduren, habrá futuro para que su idiosincrasia siga viva y floreciendo a su propio ritmo.
Gracias por vuestra presencia en un día que puso en diálogo tantas capas de este proyecto.
Y gracias a las tierras y a las gentes de Ladakh y Zanskar por instalarse en mi espina dorsal con la naturalidad de lo que no se planea, pero se queda.
PD: Pronto la exposición se mudará a otro lugar. Lo mismo, pero de manera distinta y en otro contexto.


