La “ilusión” de viajar en tiempos modernos

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¿No os da la sensación de que hay algo de aséptico y mucho de clínico en la forma en que viajamos hoy?

Experimentamos el mundo sin que el mundo nos penetre, perdiendo ese contacto mutuo y bidireccional. Hemos aprendido a pasar por él y no que él nos atraviese a nosotras.

Solo hay que fijarse en cómo nos desplazamos, con una eficacia impecable y sin apenas fricción a lo largo de un planeta que ha sido discretamente reorganizado para ajustarse a nuestras expectativas, donde nada nos debería incomodar demasiado, ni interrumpir el flujo de circulación. Un trayecto limpio, inteligible, optimizado. Fin de la historia.

Acabamos sabiendo qué encontrar antes de verlo, dónde estaremos antes de llegar; incluso qué tipo de emoción es legítimo habitar. Puede parecer profundamente tranquilizador, pero a mí me deja una sensación un tanto desangelada.

Rodolphe Christin lo formula con cierta crudeza en su Manual del Antiturismo al sugerir que este ha terminado por convertir los lugares en superficies disponibles, en meros espacios acondicionados para ser recorridos sin resistencia. A la vez que desaparece esa dificultad, lo hace la posibilidad misma de que algo se nos oponga (no necesariamente para mal). Sin esa oposición, creo y siento que la percepción pierde espesor y candidez a partes iguales.

Bien evidente es que nos desplazamos más que nunca pero, ¿cuánto de eso nos está transformando?

David Gareja, Georgia

Me gusta imaginar que antes la distancia imponía una forma de lentitud que obligaba a negociar con el entorno y el tiempo; que llegar a destino implicaba atravesar algo, no solo hablando en términos geográficos. Quizás también fuera un intento de sentir la envergadura real del mundo, sin prisas, con todas y cada una de sus fricciones y rugosidades.

Ahora el salto es inmediato, casi indecente en su rapidez. Una sube a un avión siendo alguien y aterriza siendo exactamente la misma: otro huso horario, el cuerpo en hora, la conciencia rezagada, como si el espíritu no hubiera llegado a acompañar el tránsito físico.

De ahí esa sensación de familiaridad anticipada que cuesta tanto sacudirse. Porque, en el fondo, no importa demasiado dónde estemos porque de alguna manera ya habíamos estado allí. Lo hemos visto. Lo hemos leído. Lo hemos consumido antes incluso de transitarlo. El viaje deja de ser una apertura para convertirse en una verificación. No vamos a descubrir nada. No. Vamos a confirmar.

En este contexto, la figura del viajero empieza a resultar cuestionable, casi anacrónica. Y es difícil no pensar en este pasaje sobre el tibetólogo y lingüista húngaro Alexander Csoma de Kõrös, que atraviesa miles de kilómetros en condiciones durísimas sin sentir la menor necesidad de convertir ese experimento en relato, escribiendo solo cuando se le obligó, y además de forma seca, casi incómoda, dando la sensación de que narrar fuera una tarea ajena al propio viaje:

«Lo verdaderamente asombroso de Alexander Csoma de Kõrös y de su viaje es que, de no haber sido obligado por un funcionario británico en la India en 1825, seis años después de haber partido, a redactar este relato de sus actividades y desplazamientos desde que salió de Hungría, no tendríamos ningún testimonio escrito por él mismo de sus miles de kilómetros de viaje extenuante ni de su durísima estancia en el Himalaya. A diferencia del viajero actual, que parte con un diario, una cámara y un contrato editorial, él no tenía ninguna intención de alcanzar notoriedad mediante una contribución a la literatura de viajes. El relato que escribió consta de ocho páginas impresas de una narración escueta, en párrafos numerados de carácter casi legal, como si las estuviera forzando a salir con la mayor dificultad y reticencia.» — The Hungarian Who Walked to the Heaven (Edward Fox).

Travel route and timeline of Sandor Korosi Csoma.svg

También me viene a la cabeza Alexandra David-Néel, gran viajera franco-belga, orientalista, budista y escritora, entre tantas otras cosas, que atravesó territorios asiáticos igualmente inhóspitos, aunque ella lo hacía desde la disposición a dejarse atravesar por lo desconocido, y no desde la renuncia al relato. En sus escritos aparece una cierta alegría ante la incertidumbre, una ausencia de control de lo que se escapa del dominio mental. Una sed por lo incierto, siempre vivida desde la apertura, lejos de toda amenaza:

«Desde que tenía cinco años deseaba salir de los estrechos límites en los que, como todos los niños de mi edad, me mantenían entonces. Ansiaba ir más allá de la puerta del jardín, seguir el camino que la bordeaba y adentrarme en lo Desconocido. Pero, curiosamente, ese «Desconocido» que imaginaba mi mente infantil siempre resultaba ser un lugar solitario donde podía sentarme sola, sin nadie cerca.» Mi viaje a Lhasa (Alexandra David-Néel).

Alexandra David Neel in Lhassa

Alexandra, en el centro, y su ahijado y compañero de viaje Yongden, a la izquierda, en Lhasa (1924)

El viaje contemporáneo no se limita a vivirse. Se registra. Y, más aún, se sobreexpone, para nuestro deleite, o quizá el de los demás en redes sociales. Está atravesado desde el inicio por una cierta economía de la visibilidad en la que no basta con estar en un lugar: hay que producir la prueba de haber estado, y de haberlo vivido como se supone que debe vivirse. Viajar no solo para ver, sino también para ser vistas viendo.

Presiento que el viaje está dejando de ser un encuentro con lo otro para convertirse en una escenificación de lo propio: no descubrimos el mundo, confirmamos nuestra posición en él.

Esto se vuelve especialmente evidente en la repetición casi mecánica de ciertos gestos, imitando las mismas rutas, los mismos encuadres, las mismas expectativas. No será porque nos falte diversidad, en absoluto (serían necesarios eones de vidas para verlo todo), más bien porque la mirada ya nos viene previamente formateada, bajo una homogeneidad inquietante y reconocible. Lo atravesamos y lo consumimos siempre de la misma manera.

¿Experimentar para entender? ¿O acumular para poder decir que hemos experimentado?

Un joven tibetano observa a los buitres haciendo su trabajo en el Entierro Celestial, China.

Yo quiero incomodarme, aburrirme, no entender nada. Preguntarme constantemente qué estoy haciendo y por qué estoy ahí. Quiero que mi viaje esté hecho de momentos que no renten, que no produzcan, que no encajen en una narrativa fácil.

No quiero garantías de que todo sea comprensible. Anhelo que el viaje y mi persona se atraviesen de verdad, bidireccionalmente, hasta perder el sentido, emborrachados de vida hasta el corazón.

Y, sin embargo, si echamos un vistazo a la realidad, estamos creando un mundo de viajes que se adapta a nosotras con una eficiencia admirable. ¿No es triste que, en esa adaptación, pierda su capacidad de descolocarnos? Porque solo aquello que nos desbarajusta puede hacernos explorar habitaciones internas escondidas que ni siquiera sabíamos que teníamos.

Al final, lo importante no sería cuánto hemos viajado, sino si algo en nosotras se ha movido, si hemos logrado salir, aunque sea un poco, de esa forma de estar en el mundo, librándonos de esa capa de maquillaje cultural que ya hemos confundido con nuestra propia piel.

Podríamos llegar a la conclusión de que viajar, en su sentido más exigente, tendria menos que ver con ir lejos que con aceptar esa pérdida de control, con exponerse a no entender, a no dominar, a no poder traducirlo todo inmediatamente en una historia perfecta. Cuando ocurre, se reconoce. Y, la verdad, se siente bien.

Tal vez, en un mundo que exprime la experiencia hasta reducirla a cálculo y escaparate, esa inestabilidad sea lo único que aún merece la pena ser llamado viaje interior ingobernable.