Adiós 2025. Hola 2026

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A menudo caminamos
como si estuviéramos vigilados por dos jueces invisibles.
Uno exige fidelidad a una esencia
que, se supone, llevamos desde siempre.
El otro nos acusa de falsedad,
lanza el reproche de inautenticidad
cada vez que intentamos ser distintos.

Entre ambos extremos,
la vida se vuelve un ejercicio de corrección constante:
pulimos gestos, editamos palabras,
temiendo parecer demasiado fabricados
o demasiado inmutables.

Pero las biografías reales
no se comportan como estatuas.
Se parecen más a cuadernos abiertos,
llenos de tachaduras, añadidos y desvíos imprevistos.

Somos mezcla,
hecha de versiones antiguas y de influencias prestadas.
Por eso la hibridez puede parecer sospechosa, casi un pecado;
aunque, en el fondo, no es más que el proceso cotidiano
por el que alguien llega poco a poco
a convertirse en sí mismo.

Tal vez el error esté
en imaginar que debemos elegir
entre pureza o artificio.
Hay un espacio intermedio
donde aceptamos que cambiamos
no por impostura,
sino por contacto con el mundo.

Y en ese punto,
la culpa pierde fuerza:
dejamos de pedir permiso
por no ser idénticos a ayer
y empezamos a mirar nuestra mezcla
con una calma nueva,
casi agradecida.

Y así se va 2025: con discreción, pero con la intuición de que avanzamos,
con la simple serenidad
de aceptar que el movimiento continúa
y que la vida, en bendito silencio, nos va rehaciendo.